Todos los días son el principio y el fin, todos los lunes al verte parece que todo este tiempo no ha pasado, se detuvo, se congeló, y su vida con él. Ella no cree más en el mañana, no quiere creer porque duele, duele ver que mañana es igual que hoy, igual que pasado mañana, igual que ayer, igual que hace un año, ese mañana del que le hablas con los ojitos llenitos de luz, le produce agonía, ansiedad, dolor de estómago, impotencia, rabia, tristeza… Aún sabiéndolo tu, día tras día le sigues diciendo “mañana…”. No sólo lo dices con tus palabras calmadas, sosegadas, sino con tu rictus de hombre tranquilo, los movimientos de tus manos son dulces, le tomas las suyas con delicadeza, se las acaricias y le transmites que el mañana será como dices y no como realmente será, tu leve sonrisa acompañada de hoyuelos le hacen creer en tu bondad infinita, y como no la estrella de la función, tu mirada, a veces incluso aparece mojadita de lagrimas de supuesto amor, llenitas del mañana con que sueñas, de deseo por encima de todo, porque si de algo no dudo yo que os veo sentada en la mesa de al lado de la misma cafetería después de un año, es de que la deseas, la deseas única y exclusivamente para ti, para amarla, cuidarla, enseñarle… aún así el miedo embarga esa mirada con la que la derrites, y lo que es peor tu alma.
Y yo, cotilla de mi, observadora del género humano en el rato del desayuno, me pregunto al terminar el café, cuando os veo marchar tras un tímido beso en la frente y cada uno por una puerta, si MAÑANA estaréis aquí, o por el contrario tendré ese rato para imaginar que fue de vuestras vidas.
Y yo, cotilla de mi, observadora del género humano en el rato del desayuno, me pregunto al terminar el café, cuando os veo marchar tras un tímido beso en la frente y cada uno por una puerta, si MAÑANA estaréis aquí, o por el contrario tendré ese rato para imaginar que fue de vuestras vidas.